El leve espacio que separa este mundo del tuyo

Buenos días, hijo. Otra vez es sábado. Pierdo el hilo de las incontables semanas y de los textos que te escribo desde hace ya casi quince años. Mucho tiempo. Demasiado. Y tú sin haber vuelto todavía a casa.

14,7 años, 770 semanas, 5372 días.

En pocas jornadas me dan las últimas vacaciones de Navidad, acabo mi último primer trimestre, qué paradoja, y preparamos estas fiestas cada vez más solitarias.

Después de una etapa de aridez emocional, me llegan destellos de tu esencia. No sé cómo describir esto que pasa, pero me sucede. Es sutilísimo, apenas perceptible. Es como un recuerdo lejano de la impronta que dejaste por la casa, cuando la habitabas con nosotros. Y me hace preguntarme si es que se quedaron por los pasillos unos jirones de tu yo, no sé muy bien qué es eso, pero es lo que intuyo. ¿O es quizá que nos los mandas para hacernos notar que no te diluiste en la nada, que estás vivo en el Otro Lado?

Con tu aliento alimentas la esperanza del reencuentro. Te queremos, Rodrigo. Muchas gracias.

Once de diciembre

Casi se me pasa este once, no sé el día en el que vivo, apenas si es martes o jueves. Tus onces son siempre una llamada de atención para que el ánimo no se nos desmorone. Catorce años y nueve meses después de tu asesinato sigo necesitando consuelo para tu ausencia repentina, injusta y terrible.

Da igual cuánto tiempo haya pasado, tenías que estar aquí, Rodrigo. Te arrancaron de nuestro lado demasiado pronto.

Tú allí y yo aquí

Apenas vislumbro mi propia vida, Rodrigo querido. Vivo el presente intentando no añorar ese pasado en el que estabas y éramos una familia de cuatro, normalita, pero completa. Y os echo de menos a tu hermano y a ti. El futuro prefiero ni pensarlo, al menos todavía.

Sigo estresada, ha vuelto ese runrún ansioso tan conocido de antes, que solo consigo acallar a ratos, que me condiciona. Se parece al hambre, puede parecer que se acalla comiendo, pero siempre regresa. No me gusta. Me ha robado la tranquilidad. Y tu compañía sutil.

Resisto con las visitas de tu hermano, la cotidianidad curativa del trabajo y la compañía continua, leal y amorosa de tu padre.

Los dos te mandamos cariños, abrazos y muchas risas, hijo. Nunca te olvidamos. Te queremos.

Tu libro

Me manda mi editor el texto maquetado y una propuesta de portada, ay, hijo. Casi quince años llevo escribiéndote en esta bitácora y de pronto algunas de nuestras conversaciones se van a publicar. No termino de asimilarlo.

Qué lejos estás, Rodrigo. Son demasiados días sin ti, cariño. Muchas madrugadas solitarias tecleando para tender un puente amoroso entre tu orilla y la nuestra.

Aquí no te olvidamos, no nos dejes tú, por favor. Envíanos pistas que nos permitan seguir tus pasos. Vuela alto, pero vuelve a casa cuando puedas.

Te queremos.

Tu nombre

Hola, cariño, buenos días, ¿qué tal vas? Ayer vimos a tu hermano y hoy te toca a ti. Escribirte es mi manera de comunicarme contigo. Y lo hago como cada sábado, aprovechando la calma del fin de semana y esta concreta mañana tranquila y lluviosa. Te pienso con mucha nostalgia. Y te quiero.

No sé dejar de quererte. No me da la gana dejar de quererte. Y como no estás, no renuncio a recordarte ni a decir tu nombre.

Es difícil esto del nombre. Me cuesta repertirlo cuando llamo a otro y estos últimos años lo escribo y lo digo a menudo por un alumno que no eres tú pero usurpa lo poco que de ti me queda. Por supuesto que soy consciente de que nadie tiene la exclusiva sobre su nombre, no me quejo, solo constato que me produce dolor.

Tal vez por esa percepción mía no soy partidaria de repetir los nombres en cada generación, como hacen tantas familias tradicionales. Creo que cada nuevo miembro debería tener un apelativo suyo único y exclusivo. No lo será en la sociedad, claro, es imposible, pero que al menos sí lo sea en su círculo. Y no me refiero únicamente al incordio que supone deshacer equívocos (¿el abuelo, el padre o el hijo?), sino a casos ya un poco absurdos en los que varios nietos tienen el mismo nombre y el mismo apellido.

Tampoco se trata de que se creen desagradables confusiones, eso me parece un problema menor. Supongo que quien pone el nombre de otro a un hijo suyo desea mostrar respeto y consideración por la persona que lo lleva o llevó primero, pero también creo firmemente que hace lo contrario con quien se verá obligado a sufrirlo.

En nuestra familia tú eres el único Rodrigo. No quisimos usar otros nombres que nos gustaban pero que te pudieran marcar por repetidos. Lo hicimos también con tu hermano. Para nosotros sois únicos y así nos gustaría seguir. Si es posible.

Tu voz

Ayer hubo un momento inesperado, con ruido de voces, en que te intuí, Rodrigo. No sabía yo si era la tele, que escuchaba de fondo mientras cocinaba, o papá que volvía del trabajo, o tu hermano y tú, que por algún azaroso quiebro temporal alborotábais en el pasillo. El caso es que me pareció que estabas allí, caminando hacia mí desde la puerta de entrada. Solo fue un instante, pero maravilloso.

Ahora que lo escribo y lo recuerdo, se me inundan los ojos de lágrimas. Y te vuelvo a echar de menos.

Soledades acompañadas

Se van pasando los días y cada vez encuentro más normalidad en vuestra vida independiente. Ni tú ni tu hermano vivís ya en esta casa. Por eso a veces puede parecer que andas por ahí cerca, con tu familia y amigos, tus cuitas de trabajo o tus descubrimientos vitales. Ojalá fuera eso.

Tu hermano comparte esas cosas con nosotros, a ti te las adjudicamos de oficio. Con esperanza, con discreción, con todo el amor que une nuestros mundos 🧡

Por favor, vuela alto. Pero vuelve la vista hasta esta casa, esta tierra, esta gente tuya cuando puedas. No te olvidamos.

Nuestros onces de nuevo

 

Once del once, unos números que algunos dicen mágicos pero que no palian tu ausencia, hijo.

Te pienso, te llamo, te añoro y te quiero, Rodrigo. Ya lo sabes. Nunca dejaré de repetírtelo.

Reflexiones matutinas

Ahora que está maquetándose tu libro, hijo, me aplasta la enorme responsabilidad que supone su publicación. Expongo en él nuestro dolor y nuestra intimidad por tu memoria, Rodrigo. Y eso es algo que me asusta y emociona al mismo tiempo.

Me causa miedo saber que hay muy mala gente, de esa que apesta la tierra, que fue desagradable y bárbara con nosotros como víctimas anónimas y ahora nos podrá atacar personalmente.

Sin embargo, me siento muy liberada desde que terminé de escribir nuestra historia, testimonio y denuncia a la vez, de estos catorce años y medio.

En lo más profundo de mi corazón brota el consuelo de haber conseguido que se oiga nuestra voz.

Nuestro libro nunca podrá tener la relevancia o publicidad de esa conspiranoia que nunca debió existir, pero al menos se publicará. Y dejaremos un testimonio del duelo sufrido por tu asesinato. Doble por la sinrazón del terrorismo yihadista y por tantas manipulaciones innecesarias. Y de nuestra lucha por alcanzar las cotas de serenidad necesarias para seguir viviendo.

Tú, mientras tanto, vela los pasos cansados de esta familia tuya que tanto te quiere. Vamos juntos. Siempre contigo. Siempre cuatro.

Puente de los santos

La ola de frío polar vino y se fue; ha llovido, pero ahora luce el sol; los tres días laborables han estado plagados de actividad extra, sin embargo descansamos en este puente. Así pasa el tiempo sin ti, hijo querido, Rodrigo añorado de mi corazón.

Hoy hemos quedado con tu hermano para comer y ver fotos. Es una alegría tenerlos a él y a su mujer en casa, que vivan cerca, que nos siga uniendo el cariño, que nos llame a menudo. Ojalá tú estuvieras aquí y pudiéramos hacer lo mismo. Espero que desde tu mundo luminoso te lleguen nuestros abrazos, la belleza del otoño y de tu árbol favorito, el aroma y los colores de tu casa, las voces y risas de esta tu familia que tanto te añora.

No te olvidamos, cariño. Vuela alto.