Frío y vida corriente


Otra vez es sábado y te escribo, Rodrigo, tecleando en la oscura madrugada. Las cosas prosiguen de la forma habitual, al menos en apariencia, porque hay dos situaciones especiales que no se volverán a repetir, que estoy en mis últimos meses laborales y que se publica tu libro.

Procuro vivir el presente sin dejarme agobiar por ese peso doble. En un mes, el día 20 de febrero, empiezan las presentaciones. Espero saber llevarlas con serenidad y discreción.

Pero lo importante es que tú sigues en nuestros corazones y que cada día, hijo, te echo, te echamos, de menos. Da igual que la vida muestre facetas nuevas o cotidianas, tú eres nuestra ausencia permanente. Y te pensamos, llamamos y añoramos en cada circunstancia vital.

Te queremos, Rodrigo. Y te mandamos todos los abrazos que se nos quedaron pendientes.

Nuestros onces


Catorce años y diez meses, ese es el tiempo de tu ausencia. Es invierno, hace un frío acre, nos invade una ola polar climática y, lamentablemente, también ciudadana, pero resistimos.

La consciencia única del presente rodea lo vivido de inconsistencias y niebla. Te me deshaces entre los dedos de la realidad, Rodrigo, pero aún así te quiero, te llamo, te añoro, te busco, te recuerdo y te envío todo mi amor.

Nunca te olvido, hijo. Vuela alto, guía nuestra vida en tu dirección, millones de besos, volveremos a abrazarnos y a ser cuatro. Desde este lugar extraño desde que no lo habitas tú, te pensamos con todas nuestras fuerzas.

2019

Trescientos sesenta y cinco días por delante, ese es el espejismo del año nuevo, un tiempo nuevecito y a estrenar. Pero lo cierto es que solo tenemos el presente, el minuto del ahora. Y en él te escribo, te recuerdo, te llamo y te quiero muchísimo, Rodrigo.

Este nuevo sábado del año recién estrenado sigo tecleando en tu bitácora unas pocas líneas de cariño cotidiano: todo lo que debería haber sido nuestra vida corriente y nos fue arrebatado.

Echo tanto de menos estos casi quince años de vivencias compartidas, que he tenido que crearlas yo en este mundo virtual y soñarte conmigo en él. Por eso espero, contra toda esperanza, que andes por aquí, entre mis palabras. Y a veces hasta siento tu risa de estrellas.

Último sábado de 2018

A tres meses de un nuevo once de marzo, con la publicación de tu libro en breve y un poco más serena, te dedico estas líneas, hijo.

Estamos a mitad de camino de las fechas navideñas, y vamos de compromiso en compromiso, resolviendo también gestiones pendientes. Como una en nuestro ayuntamiento, donde tuvimos que pedir un documento que te involucraba. Un trago amargo con un funcionario amable que se resolvió rápidamente. Y en el que, qué curioso, qué bonito, qué señal tuya, la máquina de repartir turnos nos adjudicó el 11. Todavía tengo el papelito en el bolso. Como para convencerme de que no fue una ilusión.

Esta tarde es la fiesta infantil de la Aso. Ayer ayudamos con los preparativos y hoy participamos por primera vez en su desarrollo.

Como ves, seguimos, Rodrigo. Continuamos avanzando contigo en el corazón. Tú vuela alto, pero por muy lejos que estés, podrás mirarnos un momentito, ¿no?, a estos pobres padres tuyos cansados,¿eh?, con tu ternura de siempre, ¿verdad?

No te olvidamos, vamos a buscarte, te queremos.

Fiestas y niebla

Entre la Nochebuena y la Navidad, entre la monotonía de lo que hacemos cada año y un estupor nuevo que nos desubica, ha pasado una noche y aún no amanece.

Nos acostamos más tarde que nunca. Cenamos como siempre. Y seguís faltando a nuestra cita, Rodrigo. Ahí están vuestras sillas vacías. Siempre vacías.

Dentro de unas horas haremos la comida navideña, en esta casa antes rumorosa y ahora callada y solitaria. Nos reuniremos solo un puñado de los que una vez fuimos.

Aquí seguimos, cariño. Echándote de menos, en camino hacia ti, no dejes de venir. O, al menos, dedícanos una mirada desde tu mundo lejano.

Te queremos.

La mañana de la lotería

El soniquete de «cincuenta mil pesetas» de mi infancia vuelve a mi memoria mientras te escribo, hijo. Ahora creo que dicen «mil euros» los niños y niñas de San Ildefonso, no estoy segura porque ya no los escucho.

Quince navidades sin tu compañía, Rodrigo. Cuantísimo. Estos días que hago cuentas de mi vida laboral y llego a los treinta y ocho cursos, corroboro que es casi el cuarenta por ciento sin ti.

Te echo de menos. Añoro tu compañía y las mil complicidades que nos robaron aquellos estúpidos canallas fanatizados.

En las fechas navideñas vuelven siempre la nostalgia y las lágrimas. ¿Puedes acercarte tú a darnos un abrazo dulce y de oso de los tuyos? Te queremos, Rodrigo, vuela alto. Te esperamos en el mundo intermedio de los sueños.

El leve espacio que separa este mundo del tuyo

Buenos días, hijo. Otra vez es sábado. Pierdo el hilo de las incontables semanas y de los textos que te escribo desde hace ya casi quince años. Mucho tiempo. Demasiado. Y tú sin haber vuelto todavía a casa.

14,7 años, 770 semanas, 5372 días.

En pocas jornadas me dan las últimas vacaciones de Navidad, acabo mi último primer trimestre, qué paradoja, y preparamos estas fiestas cada vez más solitarias.

Después de una etapa de aridez emocional, me llegan destellos de tu esencia. No sé cómo describir esto que pasa, pero me sucede. Es sutilísimo, apenas perceptible. Es como un recuerdo lejano de la impronta que dejaste por la casa, cuando la habitabas con nosotros. Y me hace preguntarme si es que se quedaron por los pasillos unos jirones de tu yo, no sé muy bien qué es eso, pero es lo que intuyo. ¿O es quizá que nos los mandas para hacernos notar que no te diluiste en la nada, que estás vivo en el Otro Lado?

Con tu aliento alimentas la esperanza del reencuentro. Te queremos, Rodrigo. Muchas gracias.

Once de diciembre

Casi se me pasa este once, no sé el día en el que vivo, apenas si es martes o jueves. Tus onces son siempre una llamada de atención para que el ánimo no se nos desmorone. Catorce años y nueve meses después de tu asesinato sigo necesitando consuelo para tu ausencia repentina, injusta y terrible.

Da igual cuánto tiempo haya pasado, tenías que estar aquí, Rodrigo. Te arrancaron de nuestro lado demasiado pronto.

Tú allí y yo aquí

Apenas vislumbro mi propia vida, Rodrigo querido. Vivo el presente intentando no añorar ese pasado en el que estabas y éramos una familia de cuatro, normalita, pero completa. Y os echo de menos a tu hermano y a ti. El futuro prefiero ni pensarlo, al menos todavía.

Sigo estresada, ha vuelto ese runrún ansioso tan conocido de antes, que solo consigo acallar a ratos, que me condiciona. Se parece al hambre, puede parecer que se acalla comiendo, pero siempre regresa. No me gusta. Me ha robado la tranquilidad. Y tu compañía sutil.

Resisto con las visitas de tu hermano, la cotidianidad curativa del trabajo y la compañía continua, leal y amorosa de tu padre.

Los dos te mandamos cariños, abrazos y muchas risas, hijo. Nunca te olvidamos. Te queremos.

Tu libro

Me manda mi editor el texto maquetado y una propuesta de portada, ay, hijo. Casi quince años llevo escribiéndote en esta bitácora y de pronto algunas de nuestras conversaciones se van a publicar. No termino de asimilarlo.

Qué lejos estás, Rodrigo. Son demasiados días sin ti, cariño. Muchas madrugadas solitarias tecleando para tender un puente amoroso entre tu orilla y la nuestra.

Aquí no te olvidamos, no nos dejes tú, por favor. Envíanos pistas que nos permitan seguir tus pasos. Vuela alto, pero vuelve a casa cuando puedas.

Te queremos.