Cambios

Pasan los días y la vida con suavidad. Se me juntan los ayeres y los mañanas en una monotonía de sucesos sencillos y esperables. Tu hermano, tu padre y yo seguimos las sendas que nos han correspondido, paralelas y cercanas, echando en falta la tuya, Rodrigo. Ojalá estuvieras aquí.

Solo sucesos simples rompen esa monotonía, como una poda importante del pruno de la entrada o arreglos de pintura en la buhardilla. Pequeños hitos, nada demasiado fuerte. Pero no dejes de venir a vernos. En cada momento vital te necesitamos cerca, hijo. 

Te queremos. Lo sabes pero es algo que debe repetirse. Te queremos. Nunca dejes de volar, ni de cuidarnos. Vamos a buscarte. Montones de abrazos, risas y besos. Todo mi amor: Mamá. 

Noche y día de difuntos 

Pienso en ti. En cuánto te gustaba la película de «La vida es bella». En qué me dirías si pudieras venir por un momento.

Te quiero, Rodrigo. 

Tu infancia 

Esta imagen de un chavalín jugando a hacer pompas de jabón me ha inspirado hace un momento, Rodrigo.  Me hizo recordarte niño. Como un par de días atrás, cuando casi  te sentía por la casa, especialmente en tu cuarto. Y te entreveía escondido entre el armario y la cama, para darme un susto.

Luego vino tu hermano a pasar la tarde con nosotros y me pareció que tú también estabas. Que hay parte de ti en nosotros, que sobrevivirá en la nueva generación que Gonzalo ya sueña, que nunca te irás del todo aunque sea tan duro no tenerte aquí.

Sabes que te queremos, pero te lo digo de nuevo. Sigue volando alto, hijo. Espéranos.

Siempre te pienso 

Cada vez que te escribo procuro conectarme con el amor que te profeso. Lo consigo haciendo el silencio en mi interior y recordando: el flequillo de tu infancia, por ejemplo; las estanterías llenas de  libros que tanto te gustaba leer y comentar; tu risa limpia, ojalá pudiera volver a oírla, resonando por la casa; el calor de tu mano en la mía siempre helada, cuando íbamos juntos al cole; tu manera personal y añorada de dar largos trancos al caminar…

Hay días en que nuestra vida conjunta fluye con facilidad,  y otros que se atora y parece ajena y extraña. Como hoy.

Pero te escribo siempre,  te pienso siempre,  inundada de amor, hijo. Porque ni siquiera esa puñetera, agria y maldita  muerte que nos separa podrá nunca romper nuestro nexo común. Te quiero mucho, Rodrigo. No te olvido. Volveremos a abrazarnos, nunca dejes de volar. 

Puente de octubre 

Estos días de vacaciones para tu hermano y de descanso para papá y para mí muestran de nuevo el hueco que dejaste aquí, Rodrigo.

Echo de menos el niño que fuiste, el adolescente, el joven… Todo lo que nos robaron vuelve una y otra vez. Nunca termino de comprenderlo. Nunca lo acepto.

Y por si fuera poco, nos ningunean. Como si no hubiérais sido víctimas del yihadismo, ya solo se habla de las de los últimos años, esa es la excusa para hacernos desaparecer.

Te quiero, hijo. Me parece que nunca dejaremos de ser incómodos para esa gentuza.

11 de octubre

Trece años y siete meses. Sigo contando el tiempo sin ti. Qué largo cómputo de onces desde el maldito jueves que te arrancó de nuestra familia para siempre.

Sigo también escribiéndote, aunque ahora no sea para conjurar la tristeza. Es para decirte que no te olvidamos, hijo.

Volveremos a abrazarnos.

 

Desde casa 

Te escribo cada sábado para hacer patente que no te olvido. Te cuento nuestras vidas aunque estoy convencida de que no te son ajenas. Te hablo cada mañana y cada noche, tu nombre entre los de tu padre y tu hermano, porque los tres sois los hombres de mi vida y os mando siempre todo mi amor incondicional.
En los primeros días, semanas, meses, incluso años, sentía que estabas cerca, rondando nuestro mundo. Y eso me consolaba un poco de tu ausencia dolorosa. Ahora te sé lejano. Y entiendo que debe ser así, pero me duele.

Sin embargo, querido Rodrigo, no me rindo.

Te quiero más allá de las sensaciones, de la proximidad, de la lógica y de la muerte. Nada me hará desistir de amarte y buscarte toda mi vida.

Nos volveremos a encontrar. 

Se acaba septiembre 

Buenos días de sábado calenturiento y seco. Las noches son frescas, menos mal, porque durante el día rondamos los treinta grados centígrados y la ciudad está en alerta por contaminación.

No terminamos de conseguir esa rutina que arropa aunque hoy sea el último día de septiembre. Los horarios de tu hermano ya no nos permiten quedar a comer un día a la semana y aún estando cerca nos vemos poco. En todo este devenir vital es imposible acostumbrarse a tu ausencia, sigue doliendo que faltas tú.

Me pregunto siempre qué harías, cómo afrontarías tus circunstancias, dónde y cómo serían nuestras vidas si no te hubieran arrancado de aquí.

Pero renuncio a enfadarme, a dejar salir la rabia, al menos por el momento parece ser que puedo. Elijo tu sonrisa, tus abrazos y tus palabras divertidas, las canciones y bailes que solíamos compartir.

Te quiero, Rodrigo. Y este amor cruza la Estigia y reúne tu mundo con el nuestro en una isla maravillosa de nuestra exclusiva y dulce propiedad.

Te queremos, hijo. De aquí a la eternidad en que nos esperas. Acompaña nuestros pasos inseguros. Y no dejes de pasarte por la reunión familiar de hoy.

Septiembre décimocuarto 

Tecleo en el móvil cuando todavía es de noche. Es el primer día de un nuevo otoño. Las estaciones se suceden, incansables, eternas, y tú no estás.

El ritmo del universo no cambia por los avatares de seres insignificantes como nosotros. Y me siento perdida en la inmensidad de esta existencia que no entiendo. Y temo haberte perdido para siempre.

Entonces multiplicas las señales, hasta hacerlas un aluvión de guiños amorosos.

Gracias por devolverme la esperanza. Te quiero, Rodrigo.