Hola, Rodrigo, hijo querido. Desde el calor más bochornoso, te pienso y te escribo estas pocas frases.
Ojalá estuvieses aquí.
No para soportar esta ola de temperaturas, obviamente. Para compartir contigo las cosas sencillas de esta vida rara sin ti, que nos empeñamos en seguir transitando con serenidad y consciencia, pero que nos cuesta tanto.
Ya casi es el cumple de Papá y aquí estamos, Rodrigo, constatando que el tiempo fluye con rapidez. Y que el clima es una locura.
Vamos resolviendo marrones, menos mal. Parece que todo se va encauzando y, además, enseguida podremos disfrutar de unas pocas jornadas de vacaciones. No serán muchos días, porque huimos de las fechas tópicas, pero es que esos días los sentimos totalmente necesarios.
Lo triste es que aquí cada vez somos menos gente, hijo. Y esa constatación da mucho miedo y mucho vértigo. Y duele. Lo triste es que estamos muy solos sin ti.
Pero tú sigue cuidándonos, ¿vale? No dejes de mirar por esta diminuta y menguante familia tuya, cariño.
Mientras tanto, yo te envío lo poco que puedo: millones de abrazos de oso.
Ya sabes. Lo esperable de la pesada de Mamá. Porfa, tenme paciencia.
Hola, hijo, buenos días de calores y nueva estación. Ya está aquí el verano.
Te escribo, como de costumbre, de madrugada (sigo despertándome prontísimo).
Se acaba el curso. Aunque no esté en activo, mantengo esa forma de medir el tiempo. Y este es el sexto sin alumnos. Y aún se me hace extraña la situación.
Del mismo modo que todavía resulta raro, difícil y triste que no estés tú.
Ojalá estuvieses aquí.
Pero ya que no es posible, ya que eres de otra dimensión, Rodrigo, porfa, mándanos ayuda.
A cambio, yo te envío mil abrazos, risas, libros, juegos y series. Y millones de cariños.
Hola de nuevo, hijo, ¿qué tal todo? Aquí nos agobia el estrés, pero nos consuela la proximidad de las vacaciones.
Me despierto cada madrugada deseando no tener tantas cosas pendientes. Van por orden, priorizando las urgencias. Y entre todo ese marasmo, pienso, pensamos papá y yo, en ti.
Ayer estuvimos en la casa de Ela y qué raro resultaba que no estuviese, que ya nadie viva entre esas paredes, muebles, cosas tan conocidos. No somos nada, apenas el montón de trastos que nos sobreviven. Y me horrorizó la enorme cantidad de idem que le dejaremos a tu pobre hermano. Y lo solo que se quedaría.
Hoy ando un poco triste, frustrada por las limitaciones a la libertad que antes tenía y ahora me atenazan. Resistiendo entre la responsabilidad y el cansancio. Muy floja de esperanzas.
Así que, Rodrigo, cariño, mándanos un poquito. O una tonelada, porfa.
Hoy vuelve a ser once. Cuánto me molestan los malditos onces. Hoy, que es once, te escribo. Como llevo haciendo ya demasiados años de ausencia y recuerdo melancólico.
Ay, hijo, si supiera qué decirte y cómo. Ojalá el paso de tantos días, meses, años no hubiera teñido todo de inconsistencia.
Cuando empieza junio, siempre recuerdo que llegaste un par de semanas antes de la fecha prevista. A estas alturas ya no sé cuál exactamente, si era el 5 el 6 o el 7, me falla la memoria. Aunque sí me acuerdo bien del detalle chusco de que coincidía con la del nacimiento de la madre fundadora del cole en que trabajaba entonces. Y que las monjitas aquellas me proponían su nombre para ti. Bonifacia se llamaba la buena mujer en cuestión. Casi nada.
Fuiste Rodrigo y no Bonifacio. Menos mal. Pero te marchaste como viniste, hijo querido, antes de tiempo.
Dos semanas de antelación son cosa llevadera. Pero no los sesenta años de vida posible que robaron aquellos locos asesinos. Ese tiempo fue, es y será siempre demasiado antes. Demasiadísimo.
Aquí nos contamos esa anécdota manida una y otra vez. Como si hacerla costumbre y recordarte con ella pudiese paliar el enorme hueco que has dejado, cariño. Aquí seguimos echándote en falta cada día. No te olvidamos. No queremos olvidarte, hijo.
Pasan los días, las semanas, los años y tú no regresaste a casa, aunque te llamamos y estuvimos esperando mucho tiempo.
Hay veces, como hoy, en qué no sé qué decirte, si reprocharte el abandono, mi pobre, a ti que no tienes ninguna culpa, o a mí misma por no haber sabido cuidarte mejor.
Y no sirve de nada, porque nada te trae de vuelta con nosotros. Y la esperanza se hace más chiquita y solo me quedan las lágrimas.
Por favor, Rodrigo, no dejes de cuidarnos. Porfa, hijo. Mándanos ayuda, sabiduría y serenidad.
Este año, hoy, coincide en sábado la fecha de tu cumpleaños. Y así, puedo escribirte un texto por ambas razones. Buenos días, Rodrigo. Muchas felicidades.
Si estuvieras…
Este año, hoy, vamos a comer juntos con tu tía y los primos. Un poco en tu nombre y otra pizca por el placer de compartir un ratito.
Ojalá estuvieses aquí.
La vida ha continuado sin ti, hijo. Pero nosotros seguimos llevando las cuentas de los años que deberías haber cumplido, Cuarenta y dos.
No te olvidamos.
Desde esta enorme distancia de años, no importa cuantísimos sean, te queremos.
Este año es particularmente lluvioso, ¿sabes, hijo? Todo brilla de color verde, hasta las plantas del campo o de las cunetas se ven esplendorosas y nuestro jardincito está pletórico de yerba, de yedra, de flores y hojas.
En medio de todo, seguimos bien. Algo tocados, pero resistiendo. Las dos últimas semanas hablando de ti en un cole y un insti. Y con papá, siempre.
El próximo sábado, el que sería tu cumple si estuvieras, hemos quedado a comer con tu tía y los primos. En tu nombre. Ojalá vinieses tú.
Porfa, sigue ayudándonos, ahora que hemos asumido más responsabilidades. Siempre te pido que guíes nuestros pasos, pero en estas nuevas circunstancias en que hay otros que dependen de nosotros, muchísimo más.
Porfa, cariño.
Te mandamos millones de abrazos de oso. Dile a Ela que sea feliz. Os queremos.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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