Este once me ha resultado breve, rudo y ajeno. Ay, Rodrigo. Supongo que me pilló en una fase de aspereza emocional, que, me temo, todavía sufro. Así que anoto estas frases por si la costumbre de escribirte logra hacerme reconectar contigo.
El once me sentí como el pruno de la entrada, que, contra lo habitual, no tenía flores. Pero el árbol finalmente floreció, justo la tarde de ese día. Y yo no lo he hecho con él. Y sigo mustia, y yerma, esperando recobrar la sensibilidad; esperándote, hijo.
Te escribo cada sábado, Rodrigo, pero este nuevo once de marzo se me hace muy cuesta arriba. No quiero pensarte en este día terrible. Tú eres mucho más que esas horas de búsqueda desesperada.
Papá, tu hermano y yo volveremos a Atocha en tu honor y con tu nombre en los labios. Tu ausencia sigue doliendo, muy honda y muy áspera.
Este año el pruno no ha florecido aún, pero pronto sus flores rosadas señalarán donde está tu casa, hijo. Y el camino de regreso que no pudiste hacer. Da igual el tiempo que haya pasado, nosotros seguimos esperándote.
No importa cuánto tiempo pase, el aniversario sigue teniendo los mismos malditos bordes afilados. Y cortan igual de profundo que antes, que siempre, que otras veces.
Me cuesta escribirte, Rodrigo. Odio tener que comunicarme así contigo, de esta manera rudimentaria y triste. No hay enlace directo con ese mundo en el que quiero pensarte feliz y esperándonos.
Lloro de pena y de rabia mientras anoto estas pobres líneas. Te echo de menos, me duelen los abrazos que se nos quedaron pendientes. Y la vida que no llegaste a vivir, quizá sencilla y a menudo difícil, pero tuya, nuestra.
Hola, Rodrigo, buenos días. Ya no sé qué decirte, estamos demasiado cerca del décimonoveno aniversario y me agobia pensar que llevamos tanto tiempo sin ti.
Sin ti. Me pregunto cómo habría sido la vida si estuvieras aquí, con nosotros. Dónde vivirías, donde estarías trabajando, quién sería tu pareja, si tus hijos se te parecerían…
A dos semanas de un nuevo aniversario, te sigo añorando y queriendo con todo mi corazón.
Hola, cariño. Hemos estado fuera tres días y parece que fue una semana por lo intensos, visitando lugares hermosos, viendo a amigos. Es agradable salir de la rutina.
Ahora necesitamos asentar todo lo visto, darle un descanso al cuerpo y volver a la dulzura de lo cotidiano.
Poco más puedo contarte. Aunque sí, como siempre, cuánto te quiero y que no te olvidamos, hijo.
Hasta prontito. Muchos abrazos de oso: Papá y Mamá.
Hola, hijo. Estamos a un mes de la fecha maldita. Parece que diecinueve años es distancia suficiente, pero empiezo a sentir de nuevo el runrún ansioso de los aniversarios.
Y la niebla de irrealidad me envuelve. Parece imposible que haga tantísimo tiempo que no estás.
Aquí seguimos resistiendo, hijo. Casi siempre ya serenos, aunque hoy te escribo con lágrimas en los ojos. Esperando volver a encontrarte, Rodrigo. En algún lugar hermoso.
Nunca dejaremos de pensar en ti, ni de quererte. Porfa, cariño, no dejes tú de cuidarnos.
Buenos días, qué tal estás, Rodrigo muy querido. Te anoto estas pobres líneas de madrugada, como siempre, como vengo haciendo desde hace ya, qué horror calcularlo, dieciocho años, diez meses y veinticuatro días. «Espero que todo bien», le escribo a tu hermano cada día, en esas nuestras anotaciones rápidas de seguirnos la pista y tranquilizarnos. Así que cómo no voy a hacer lo mismo contigo, hijo, aunque de ti sea más difícil encontrar las respuestas.
Hace frío, salgo poco de casa, los días de este invierno luminoso me acompañan llenos de las historias que leo o miro, indistintamente. Papá es a veces mi único interlocutor. Y, sin embargo, no me pesa este aislamiento, porque es fecundo. Solo me incomodan algunos achaques que espero se resuelvan en breve.
¿Y tu, cariño, cómo estás? Ojalá pudiera recibir tu whatsapp de vuelta diciéndome que bien, que no me preocupe.
Besos y abrazos. Te quiero, te queremos. Vuela alto.
Aquí estoy de nuevo, contándote que todo sigue razonablemente bien. Con algún susto y ciertas incomodidades, pero bien.
Tecleo en la oscuridad de la madrugada, como casi siempre. Tu hermano y B están de finde, Papá y yo descansamos del ajetreo semanal; vida cotidiana, ya sabes.
Desde el martes estoy algo pachucha. Porfa, ayúdanos un poquitín. Como solo sabes hacerlo tú.
Besos y abrazos a miles, te quieren muchísimo: Papá y Mamá.
Son las seis y media, aún está oscuro, te escribo en la tablet, todavía medio dormida, pero contenta de estar en casa.
He pasado fuera dos días y una noche, en Melilla, hablando de ti, del 11M y de tu recuerdo. Ya sabes que me crezco en la adversidad y que no me asusta hablar en público. Y que agradezco poder contar cosas sobre ti porque es una forma de tenerte cerca. Pero también que mas tarde, después de todo, es cuando me llega la resaca emocional y me siento absurda, y me arrepiento de esa exposición de mis sentimientos, y me da vergüenza haber sido el centro de atención por algo tan terrible como tu ausencia.
Así somos los seres humanos, estúpidamente impredecibles a la vez que absurdamente idénticos.
Lo que no cambia es que te quiero, hijo. Con todo mi corazón. Mil perdones si se me cruza por delante un poco de pánico, una pizca de sentido del ridículo y un soplo de ego. Lucho por no dejarme condicionar por ninguno de los tres.
Así que te repito que te quiero, te quiero y te quiero. Que eso, Rodrigo, es lo más importante. Lo demás, defectos de carácter.
Vuela alto y sigue cuidando de nosotros, porfa. Mil abrazos de oso, Mamá.
Te escribo unas líneas de madrugada, apenas las tres, roto el sueño y dolorida la espalda. Espero que me leas, hijo.
Sigo esperando encontrarte, aunque me asalta la incertidumbre cada vez con mas ímpetu. Y continúo manteniendo estas charlas contigo, porque, sobre todas las cosas, te quiero.
ACTUALIZACIÓN: Dentro de unos días tengo que ir a hablar de ti a un instituto melillense. Me lleva el Ministerio del Interior, con un programa de sensibilización y prevención del terrorismo. Espero tu ayuda, tu inspiración y tu consejo, cariño. Ya he hablado en público de ti otras veces, pero no es algo a lo que una se pueda acostumbrar.
Mientas tanto, no dejes de mirar por nosotros tres, tu pequeña familia rota sin ti. Desde que no estás, qué pocos somos.
Te queremos, Rodrigo. Te queremos. Hasta prontito.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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