Hoy vuelve a ser 11 y te pienso, y te escribo cuánto te echamos en falta. Aunque el paso del tiempo ha desteñido los recuerdos y la inconsistencia se sigue adueñando de nuestras vidas, te queremos, Rodrigo. Más allá del infinito donde puedas estar. A pesar de todo. Siempre.
En medio de esta noche tropical de sorprendentes 25°C, te escribo.
El paso de los días se ha vuelto a acelerar, tal vez por la rutina de cosas simples y sin pretensiones. Espero que se ralentice un poco la próxima semana, cuando cambiemos de tercio.
Hay poca gente en nuestra pequeña calle, parece que todos se han ido. Papá y yo vivimos en nuestra pequeña burbuja. Tu hermano anda lejos, de vacaciones, pero nos saluda cada día. Ojalá pudieras tú, hijo. Ojalá.
Espéranos, Rodrigo, que vamos a buscarte. Y en el mientras tanto, no dejes de cuidarnos en nuestro camino.
Millones de abrazos de oso. Te quiere con todas sus fuerzas la pesada de Mamá.
¿Hoy tampoco vas a escribirle a Rodrigo? me dice Papá. Y cuando le contesto que no caía en que ya es sábado, él me comenta que tampoco te escribí la semana pasada. Me percato, entonces, de que me salté esa cita. Y vengo rápidamente a contarte que ando desubicada. Un poquito solo.
Yo sé que tú ya lo sabes. Y lo demás no importa.
Pero es que quiero seguir diciéndote que te tenemos en cuenta, que decimos tu nombre, que no te olvidamos.
Eso es todo.
Mil abrazos, risas, libros, series, juegos y cariños. Te queremos.
Ya estamos de nuevo en casa, con el calor aplastante del que intentamos huir y que hoy, prontito, nos ha dado un poco de tregua. Buenos días, Rodrigo.
Te escribo tecleando en la buhardilla, lujo que no suelo poder permitirme cuando las temperaturas la convierten en un lugar inhabitable. Hoy aprovecho el fresquito.
De momento toca quedarse aquí, ya sabes que huimos de las multitudes y los tiempos puramente vacacionales. Pero vamos a hacer pequeñas escapadas. ¿Y tú, cariño?
Tu nombre resonando a nuestro alrededor, en momentos inesperados, nos llena el alma de serenidad y de esperanza. Porfa, cielo, no dejes de cuidar de estos tres locos tuyos: tus padres y hermano. Porque nosotros no te olvidamos.
Solo van a ser unos pocos, poquísimos días, pero se agradecen el frescor y el cambio de panorama. Buenos días, hijo.
Te escribo, como siempre, de madrugada. Rodeada de un silencio que no rompen ni siquiera las gaviotas de otras ocasiones.
Coincidimos con tu hermano. Nos acompaña este finde. Es así de majo. Supongo que tú también andas por aquí, para que seamos, para que sigamos siendo nuestra familia de cuatro.
Hola, Rodrigo, hijo querido. Desde el calor más bochornoso, te pienso y te escribo estas pocas frases.
Ojalá estuvieses aquí.
No para soportar esta ola de temperaturas, obviamente. Para compartir contigo las cosas sencillas de esta vida rara sin ti, que nos empeñamos en seguir transitando con serenidad y consciencia, pero que nos cuesta tanto.
Ya casi es el cumple de Papá y aquí estamos, Rodrigo, constatando que el tiempo fluye con rapidez. Y que el clima es una locura.
Vamos resolviendo marrones, menos mal. Parece que todo se va encauzando y, además, enseguida podremos disfrutar de unas pocas jornadas de vacaciones. No serán muchos días, porque huimos de las fechas tópicas, pero es que esos días los sentimos totalmente necesarios.
Lo triste es que aquí cada vez somos menos gente, hijo. Y esa constatación da mucho miedo y mucho vértigo. Y duele. Lo triste es que estamos muy solos sin ti.
Pero tú sigue cuidándonos, ¿vale? No dejes de mirar por esta diminuta y menguante familia tuya, cariño.
Mientras tanto, yo te envío lo poco que puedo: millones de abrazos de oso.
Ya sabes. Lo esperable de la pesada de Mamá. Porfa, tenme paciencia.
Hola, hijo, buenos días de calores y nueva estación. Ya está aquí el verano.
Te escribo, como de costumbre, de madrugada (sigo despertándome prontísimo).
Se acaba el curso. Aunque no esté en activo, mantengo esa forma de medir el tiempo. Y este es el sexto sin alumnos. Y aún se me hace extraña la situación.
Del mismo modo que todavía resulta raro, difícil y triste que no estés tú.
Ojalá estuvieses aquí.
Pero ya que no es posible, ya que eres de otra dimensión, Rodrigo, porfa, mándanos ayuda.
A cambio, yo te envío mil abrazos, risas, libros, juegos y series. Y millones de cariños.
No te olvidamos.
Te queremos.
Nuestro hijo fue una de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004. Estaba en el andén 2 de la Estación de Atocha, esperando el primer tren que le llevara a la Universidad, pero la maldad y la locura se cruzaron en su camino y nunca llegó. En esta bitácora le cuento las cosas que vivimos sin él, sabiendo que a su modo las escucha y las contesta.
Nos dejaste esta frase: "La dicha de vivir consiste en tener siempre alguien a quien amar, algo que hacer y algo que esperar".
Papá, tu hermano y yo te queremos, Rodrigo. No vamos nunca a renunciar a tu amor, a tu recuerdo ni a seguir siendo cuatro.
No es un adiós para siempre. Vela nuestros pasos y espéranos en ese mundo desconocido que ahora te acoge, porque volveremos a estar juntos.
Atenea pensativa, tu estela
Aquel que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas…
Los que se van
Los que se van demasiado pronto dejan en los que los conocieron una pizquita de desasosiego. Es una semilla de amor y de bondad, por todas las cosas buenas que no les dio tiempo a hacer en este mundo. Las hacen germinar en los seres queridos, en los amigos, a menudo incluso en simples conocidos, para que la tierra no se pierda esa bondad suya.
Nos hacen a todos más responsables de la vida, de lo que realmente es importante, de lo que querríamos dejar tras nosotros cuando nos vayamos. Nos llenan de luz, cariño, compasión, nos cambian nuestro sistema de valores; nos hacen más conscientes de que nada permanece.
Este es el regalo de Rodrigo y de los que se fueron en los horribles atentados del 11 de marzo, a pesar del mal que se hizo a su alrededor; el regalo de los que se van a los que nos quedamos, para que sigamos esperando el reencuentro.
Enciende una vela
En diferentes tradiciones la acción de encender una vela es sagrada. Expresa más de lo que se puede con palabras. Tiene que ver con el agradecimiento. Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han encendido velas en lugares sagrados. ¿Por qué no considerar el ciberespacio como un lugar sagrado? Clicando sobre la foto, podrás encender una vela virtual.
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