
Estamos unos días fuera. Ojalá tú estuvieses también. Aquí, con nosotros, o en casa, como tu hermano, compartiendo fotos y mensajes de WhatsApp.
Te queremos, Rodrigo.

Estamos unos días fuera. Ojalá tú estuvieses también. Aquí, con nosotros, o en casa, como tu hermano, compartiendo fotos y mensajes de WhatsApp.
Te queremos, Rodrigo.

Desde amaneceres en el mar te pienso y te quiero, Rodrigo.
Un mes después del aniversario XXI, camino del XXII y tú todavía sin llegar a casa, hijo.
Haz que nos volvamos a encontrar.

He cambiado el color de mi pelo, ya no es rojo. Y la vuelta al tono natural me recuerda el tiempo en que tú estabas, y me inunda de una tremenda melancolía.
No soy la misma. Soy veintiún años mas vieja. Y, además, es que estoy intentando dejar fluir las canas, lo que me recuerda que, efectivamente, lo soy. Pero resulta que me miro en los espejos y no puedo evitar imaginarte junto a mí, con tu disfraz de mago de aquella que fue tu última Navidad.
Rodrigo, hijo, seguramente te reirías al verme tan preocupada. Y me dirías que no fuese «tan agobiosa». No puedo evitarlo.
Porfa, cariño, no dejes de mirar por nosotros. Sigue cuidando nuestros senderos. Continúa enviándonos mapas. Y brújulas.
Te queremos muchísimo los tres. No te olvidamos.

Hola, Rodrigo, de nuevo en casa tras tres días fuera, lo cotidiano se ha roto y seguimos como buenamente podemos. Ojalá todo fuese suave y delicado. La ansiedad sigue con sus vaivenes.
Papá y yo sacamos fuerza de flaqueza. A menudo incómodos, pero siempre luchando por ti, diciendo tu nombre.
Aunque la verdad es que preferiríamos nuestra quietud discreta, que ya nos la merecíamos. Continuar aquí, resistiendo, también es una forma de quererte.
Porfa, hijo, ayúdanos.

Hola, cariño, buenos días de aguas y amenaza de lluvias intensas. Intentamos regresar a la normalidad, pero ni el clima, ni la vida nos dan tregua.
Llueve. Como los días en que tuvimos que decirte adiós. Llueve tanto que hasta el Manzanares parece un río de verdad.
Desde el lunes, Ela está en el hospital. El cáncer ha vuelto. Y cuando la devuelvan a casa, será para irse apagando, porque a sus noventa y dos poco mas se puede hacer. Toca decirle adiós.
Porfa, hijo, sal a buscarla, con Elo y tu tío J.
Y no nos dejéis tan solos aquí, Rodrigo, que cada vez somos menos. Con tan pocos efectivos, vamos a perder la batalla. ¿No puedes mandarnos tropas nuevas?
Esperamos que sí.
Mientras tanto, te envío millones de abrazos de oso. Te quiere muchísimo: Mamá.

Mañana todavía tenemos un evento de XXI aniversario. Estamos un poco cansados.
Y tú, tan lejísimos. Y nosotros, tan solos…
Comimos con tu hermano en una mesa de tres. Normalmente son de cuatro y te pensamos mientras la vemos vacía. Pero esta vez, no. En esta tonta y estúpida ocasion, el restaurante tenía una mesa más pequeña.
Y ya no sentí la nostalgia de tu ausencia. Ahora era rabia, porque hasta eso nos habían quitado.
Cuantísimo tiempo sin verte, oírte, abrazarte o besarte, escuchar tu risa, disfrutar tu voz…
No, no me conformo. Te echo de menos.

Llueve. Como aquella mañana maldita en que estrenabas paraguas. Ese con el que jugaste y reíste la tarde previa, el que luego apareció roto en dos pedazos en tu mochila.
Son las 4:15 y llevo una hora dando vueltas en la cama, perdido el sueño, pensando en ti.
Y en que en unas horas iremos a Atocha, la estación en que te mataron, hijo, hace ya veintiún años. Uno más de los que pudiste vivir, malditos sean los locos asesinos. Demasiado tiempo ya sin ti.
Aunque, la verdad, cariño, no importa el cómputo de los años. Tu ausencia duele siempre, y para siempre. Y se vuelve insoportablemente aguda en las fechas señaladas.
Te confieso que temo los aniversarios. Tienen la odiosa capacidad de remover la pena, de reabrir las heridas aparentemente curadas, de torcer la serenidad consegida a costa de enormísimo esfuerzo.
Yo preferiría pasarlos deprisa, en el anonimato; apenas sentirlos, que sucediesen en un parpadeo y desaparecieran como una exhalación.
Pero tenemos la responsabilidad de velar por tu recuerdo, por la memoria fiel de lo sucedido. Y eso hacemos, Rodrigo, aunque nos cuesta mucho. Cada año más que el anterior.
Ahora que solo somos Papá, tu hermano y yo, iremos juntos al lugar de tu asesinato. Y pasaremos el día hablando de ti y pensándote.
¿Vendrás tú, cariño, a acompañarnos? ¿Te sentarás en esa silla sobrante en cada lugar en que nos paramos a comer? Tu asiento vacío se hace más patente que nunca en los meses de marzo. También este veintiuno sin ti.

Hola, cariño, buenos días. Mírame. Aquí estoy, en casa, muy tempranito, a las puertas de un nuevo aniversario, y otra vez sumida en el desconcierto. La vida de hace veintiún años, tu ausencia repentina y terrible, la certeza dolorosa de tu muerte, hijo, se me vuelven extrañeza e incredulidad.
Pero como no es la primera vez que me sucede, intento no agobiarme. Dejo fluir las sensaciones. No las juzgo, aunque me molestan por extrañas, ajenas a lo que deberían ser. Me digo que no las he buscado, que como vinieron se irán. Procuro no sentirme culpable por lo que no provoco ni controlo. Solo a ratos lo consigo.
Llueve, como aquellos días. Los árboles empiezan a florecer, aunque no tanto como entonces, o en otras magníficas ocasiones. Y es que se hacen viejos. Como nosotros, Rodrigo.
Nunca terminamos de asumir, de asimilar, de acostumbrarnos al hueco que has dejado.
Lo que jamás cambia es nuestro amor.
Millones de besos y abrazos de oso: Papá, Mamá y G.

Ya llega el mes maldito. No importa que haya distracciones varias, ahí está. Y tú no.
Me entretengo con lo que surge, pero nada me cura de tu ausencia. De la nostalgia, el dolor, la rabia, la frustración, el luto para siempre…
Esta noche florecieron las orquídeas. Y tu árbol favorito luce algunas de esas suyas chiquitas y rosadas.
La primavera asoma entre las brumas del invierno. Ojalá también la esperanza.

Te escribo esta mañana fría de sábado desde un hotel, tras la presentación de uno de mis libros. Buenos días, hijo querido.
Llegamos los tres, tu hermano nos acompaña. Así seguimos la tarea de vivir sin ti. Juntos. Siempre.
Poco más. Que la ciudad de tus ancestros paternos sigue hermosa, que llueve, que ojalá anduvieras con nosotros por estas calles mojadas de lluvia.
Mil abrazos de oso. Te queremos.