Último sábado de marzo

Buenos días, hijo. Acabo de darme cuenta de que es sábado y no te había escrito. Con papá aquí de vacaciones pierdo la cuenta del tiempo.

Nunca es tarde, sin embargo, para ponerte unas líneas, hijo. Desde la lluvia, la primavera de flores y de hierba, con árboles y paseos por las sendas que tú también viviste.

Regresamos despacito a la serenidad. Cuanto podemos. No es fácil.

Tú siempre nos faltas. No dejes de velar por nosotros, cariño, que lo necesitamos muchísimo.

Millones de abrazos de oso: Papá, Mamá y Gonzalo.

Por fin un día cualquiera, aunque aún de marzo

Ya tenemos camelias rojas. Y tu árbol, perdiendo las flores, ha llenado de pétalos el coche y la entrada de la casa. Como si hubiera nevado nieve rosa.

Por fin se acabaron las prisas y los fastos. Hay nuevas noticias que contar, así que ya no ocupamos las portadas. Y podemos volver a la rutina. A los ritmos tranquilos que acarician el alma.

Hace un calor inusitado, aunque tal vez llueva, el cielo está indeciso. ¿Y cómo estás tú, Rodrigo?

Papá y yo resistimos. También tu hermano. Resistimos. Esa es la palabra. Ahora nos toca recuperar el resuello. Tú vuela muy alto, cariño. Pero no nos dejes de cuidar, porfa, porque siempre te necesitamos.

Abrazos de oso de los tres, haciendo melé contigo. Y una piña de cuatro. Te queremos.

El sábado después del 11

Por fin se ha pasado la fecha, aunque no del todo las actividades en este aniversario redondo, hola, hijo, espero que estés muy, muy bien.

Aquí los tres seguimos razonablemente indemnes, que no es poco.

Algo estresados. Cansadísimos. Pensándote todo el tiempo.

Tú, porfa, ayúdanos desde donde estás, Rodrigo. Te envío flores de los prunos, que este año han brotado prontísimo, y camelias blancas (las rojas todavía están por salir). Y millones de abrazos, cariños, mensajes de amigos, pelis, libros, series, canciones, juegos; y todo nuestro amor.

No me da el magín para escribirte frases más ocurrentes, pero del corazón siguen fluyendo toneladas de cariño para ti. No te olvidamos, cielo. Te queremos. Siempre cuatro contigo: Papá, Mamá y Gonzalo.

11 de marzo de 2024, veinte años sin ti

Te quise desde que te supe dentro de mí y no he dejado de quererte. Ni en los veinte años que estuviste con nosotros,  ni en los otros veinte que te hemos llorado largamente.

Este aniversario vigésimo ha estado, sigue estando,  llenito de actividades. Te escribo en el insomnio de despertar temprano, con el silencio de la casa a oscuras, pensándote. Y tú andas demasiado lejos, casi una ensoñación, inasible, hijo.

Tu hermano se resiente más que nunca. Papá y yo sacamos fuerza de flaqueza,  no sé de dónde, desde el amor siempre.  Porque es lo que nos hace resistir. Y lo que nos une a ti, con lazos irrompibles, eternos.

Mañana haré un viaje relámpago. Ojalá salga bien.  El jueves seguiremos en la brecha.  Y la siguiente semana.  En tu recuerdo.  En tu nombre.

Ojalá supiera escribirte mejor, Rodrigo. El cansancio emocional me pasa factura. Pero tú lo entiendes y no  le das mayor importancia  a esta pobreza de mis líneas. Gracias.

Vuela alto,  cariño. Y no nos dejes de cuidar.

Millones de abrazos de oso. Te quieren hasta el infinito que ahora habitas: Papá,  Mamá y Gonzalo.

9 de marzo de 2024

Hoy se me hace difícil escribir. No me gusta la fecha por su cercanía a la otra, la tremenda, la del día que nos separó.

Qué puedo decirte, hijo.

Esta vez de número redondo parece que se acuerdan de lo que sucedió. De ti.

Nosotros jamás te olvidamos,  Rodrigo.

¿Cómo es posible que redactar estas pocas líneas me siga haciendo llorar,  todavía,  veinte años después?

Volveré a ponerte unas frases el día once.

Te quiero.

Marzo 2024

Hola, cariño,  buenos y fríos días.

En este aniversario vigésimo estamos hablando de ti, de vosotros,  nuevamente, en los medios. Y eso remueve la tristeza y el dolor por vuestras ausencias.

Te abrazo en la distancia.

Te abrazo fuerte.

Ayer mismo, desde la pasarela sobre el andén 2 de Atocha,  en una entrevista para la radio, te pensé con la misma incredulidad de hace veinte años. No podía ser, no podia ser que allí hubiera pasado todo, que allí, en ese lugar anodino,  te arrancaran la vida.

Aunque hayan pasado veinte años sigo sin entender por qué te marchaste para siempre.

Y te echo en falta más que nunca.

Por favor,  Rodrigo,  quédate a mi lado, como en las fotos de entonces,  cada vez que te vuelvo a llorar.

Te quiero.  No te olvido, nunca lo haré. No nos olvides tú,  hijo. Últimamente me aterra eso.

Te abrazo muchísimo.  Con abrazos de oso. Ojalá los sientas.

Último sábado de febrero

Se acerca la fecha. Este año con más presencia mediática. Te seguimos echando de menos muchísimo.

Los prunos han florecido ya. Y sus flores nos llenan de emoción y de nostalgia. Como siempre.

Te quiero. Te queremos. No nos olvides, que vamos a buscarte.

Mediados de febrero

Te escribo desde la oscuridad de las seis de la mañana,  madrugadora como siempre.  Buenos días, Rodrigo.

Lo que más nos impresiona últimamente es la rapidez con que suceden las semanas. Apenas un parpadeo y han pasado siete días, así nos sentimos.

Eso, la proximidad del aniversario y que se le da absurda importancia a los números redondos, como si las ausencias dolieran más en los años diez, quince o veinte.

Navegamos estas fechas, con sus actividades de homenaje y memoria,  lo más sensatamente que podemos. Aunque la niebla  existencial nos invade.

Cada vez te diluyes más en el pasado, hijo. Tengo que esforzarme para desechar las sensaciones de que fuiste solo un sueño.

Pasan las horas, los días, las semanas, los meses, los años… y sigo sin aceptar que no volvieras ese jueves maldito.

Júrame que no andas lejos, Rodrigo. 

Y que nos vamos a reencontrar, por favor,  cariño.

Ojalá sigas a mi lado  como en tantas fotos. Ojalá.

11 de febrero de 2024

A un mes del vigésimo aniversario,  vuelvo a escribirte unas líneas tristes, Rodrigo.

Todos los febreros se tiñen siempre de las mismas tonalidades ásperas por su cercanía a la fecha maldita. Este no podía ser diferente.

Intentaremos vivir estos días difíciles con serenidad. Tú no dejes de cuidarnos, hijo.

Millones de abrazos de oso. No te olvidamos.

Seguimos

Hola, cariño.  Aquí nos tienes.  A los tres juntos. Preparando los memoriales del proximo mes.

El tiempo pasa rapidísimo. Y tú sin volver a casa todavía. Nos hacemos viejitos sin ti.

Sin ti.

Nada ha vuelto a ser como antes. Todo es extraño desde que no estás, aunque, a la vez,  parece que fuiste un sueño.

Ay, Rodrigo.

No te olvidamos.  No nos olvides tú,  hijo.

Mañana será 11 y volveré a ponerte unas líneas. Mándanos risas de las tuyas. Por favor.