
De repente quiero hablar contigo, hijo. Y no se me ocurre ningún otro lugar para hacerlo que este rinconcito, liviano, apenas real, construido en ese código binario con el que tanto bromeábamos. Te echo de menos, Rodrigo. Te quiero.

De repente quiero hablar contigo, hijo. Y no se me ocurre ningún otro lugar para hacerlo que este rinconcito, liviano, apenas real, construido en ese código binario con el que tanto bromeábamos. Te echo de menos, Rodrigo. Te quiero.

Llevo unos días difíciles, con los alumnos pequeños muy alterados y bruscos cambios de temperatura que los desconciertan más aún. No dejo de pensar en que es mi último curso. No deja de extrañarme que tú no estés.
Veo la alegría de tu hermano por mi próximo retiro y creo adivinar cómo sería la tuya. Pero no estás. Te echo en falta, hijo. Ojalá estuvieras aquí.

Buenos días ventosos, de nuevo te saludo hijo. Esta semana se me ha pasado veloz como un sueño, qué extraño me parece todo…
Comprendo que son los últimos días y me cuesta vivirlos. Seis u ocho sesiones más con los alumnos pequeños, pues los de bachillerato ya terminaron, y se acabó el curso. Junio es solo de repaso y recuperación con menos estudiantes todavía. Después de treinta y ocho años docentes, me voy. Y tú sigues sin venir a verme, Rodrigo. Te esperé junto a la ventana, pero no regresaste a casa.
Ya he fijado la fecha para la despedida y hasta he apalabrado una actividad con Nacho Soriano: un par de horas en un scriptorium medieval. No soy mucho de ir a comer a un restaurante, mejor una celebración en nuestro insti, con mis compañeros. Ando mirando un servicio de catering cercano y ambas cosas se van a centrar en el día 27 de junio. En esa mañana. Ay.
Toda la vida en un entorno escolar: primero, como alumna (de los seis a los veintidós) y luego como profe, ¿qué voy a hacer ahora? Tengo muchas ideas en la cabeza y muchos sueños que cumplir aún, pero el vértigo vuelve a asaltarme según se acerca del momento. Y como siempre sucede en los cambios, noto enormemente tu ausencia.
A tu hermano lo vemos a menudo, casi cada semana. Y nos mantenemos en contacto por WhatsApp en cuanto se nos ocurre algo, pero tú, cariño, tú andas tan lejos, tan ausente… Te añoro demasiado para no llorar cuando te pienso.
Buenos días ventosos, hijo, vuela alto y visita nuestros sueños. Por favor.

El ramo que me regaló Papá junto a tu foto de niño
No puedo escribirte en el móvil, tiene el teclado medio inoperante. Me molesta mucho esta obsolescencia programada que me hace más difícil la comunicación contigo, con tu hermano (al que mando audios en whatsapp, pobre, cuando me desespero) y con la gente en general. El aparatejo va bien, solo le falla eso, no quiero cambiarlo, pero me temo que será inevitable.
Buenos días, cariño, desde esta casa que compartimos contigo trece años y desde la que te esperamos, llamamos y buscamos hace ya quince. Todo se hace viejo sin ti. Yo también, como me recuerda el día de mi cumple.
Estoy pasando el puente con mucha relajación, después de otros findes corrigiendo como loca. Papá y yo hemos evitado salir fuera a conciencia, huyendo de los gentíos, pero disfrutamos en casa del jardín y de la primavera maravillosa que nos llena de flores y nos arropa con un clima cálido. Damos buenos paseos y siempre te llevamos en los labios y en el corazón.
Se acaba el curso, todavía voy haciendo nuevas presentaciones de tu libro, esta vida loca continúa y le sigo el paso lo mejor que puedo, a trompicones a veces, lo más consciente y honestamente que puedo. Con los pequeños inconvenientes obvios nuestras existencias prosiguen fluidas, hasta que algo vuelva a truncarlas. Este mundo es así, sentimos que no podemos quejarnos de otra cosa que no sea tu muerte injusta y la dolorosa separación impuesta. Te añoramos, Rodrigo, te echamos mucho en falta. Ojalá estuvieras aquí.
Mientras vuelve el momento del reencuentro, no te olvidamos. Sigue poniendo hitos, hijo, para que no perdamos el tumbo. Con todo amor: Mamá.

No puedo evitar la cuenta atrás de los días. Se acerca mayo, el mes de nuestros cumpleaños, Rodrigo. Se aproxima también el final del curso, tanto que ya he dado mis postreras clases de literatura, a sabiendas, un poco entre dolorosas y melancólicas.
La tarde del jueves, en un acto de la Aso, conocimos personalmente al juez y la fiscal que estaban de guardia el fatídico día de tu asesinato, hijo. El que instruyó el caso, la que defendió el juicio en la AN. Y charlamos con ellos. Y sigue siendo demasiado extraño y demasiado duro que te hayas ido para siempre.
Se me acaba segundo de bachillerato, ya solo quedan algunos exámenes. Y en medio de esta irrealidad, tú sigues sin volver a casa, con tu rostro juvenil de veinte años grabado en mi retina y en mi corazón. Tu hermano también aparenta menos, pienso que a ti te pasaría algo parecido, si estuvieras. Sin embargo, qué extraño, no estás, todavía no has vuelto a casa. No puede ser.
Un juez y una fiscal, dos juicios, miles de folios de investigación y de hechos probados, nuestras vidas rotas sin ti, tu existencia aniquilada, esta familia reducida a tres, nuestro duelo y el amor que nos sigue uniendo, hijo querido. Todo vuelve una y otra vez.
Es temprano. Debo corregir un poco, y luego llenar la nevera, y más tarde, tal vez dar un paseo, ver una serie, entretener un tiempo que se hizo para siempre ajeno y absurdo desde que no estás tú, cariño.
Apenas dos meses de curso y luego tiempo libre para tantas cosas que he ido posponiendo. El ritmo de la vida me acerca a tu mundo, Rodrigo. No dejes de señalarme el camino que lleva hasta ti.

Último día de la semana, último día de vacaciones. Tu hermano ya está de vuelta, regresó a la hora de comer, y como nosotros, pasará la tarde tranquilamente, en su casa.
¿Dónde estás tú, cariño? ¿Puedes vernos? ¿Eres feliz?
Te echamos de menos.

Llueve y hace frío, pero estamos refugiados en esta casa nuestra que nos protege tanto. Papá y yo solos, porque tu hermano se ha ido estos días, afrontamos las fiestas solucionando pendientes y disfrutando de entretenimientos sencillos. Como solemos hacer en Semana Santa.
No consigo, sin embargo, que lo cotidiano me arrope. Este curso, desde octubre y el anuncio de la publicación de tu libro, me invade de continuo el desconcierto vital. No es que sea un agobio absoluto, solo un runrún de tono muy bajo, pero no se va. Supongo que se suma a la certeza del próximo cambio que supone la cada vez más cercana jubilación.
Desde aquí te hago señas, Rodrigo, hijo querido, con flores y con risas. Con la primavera de nuestro jardín, con libros con viajes en proyecto y todo nuestro amor. No te olvidamos. Espéranos.

Por fin de vacaciones puedo escribirte un poquito, hijo. Menudos días locos, no paramos de hacer cosas. Y se superponen unas a otras sin descanso, dándonos la sensación de no dedicar a cada una el tiempo y la atención que se merecen. He escrito la fecha en la pizarra y te he pensado, Rodrigo. Luego me ha arrastrado la vorágine. Incluso he vuelto a mi aula con papá para hacer un arreglo después de comer (así se quedará fraguando todos estos días de asueto), pero ya, por fin, estamos en casita.
Te queremos. No te olvidamos. No nos olvides tú, por favor, y vuela bien alto.

Catorce años sin mi madre, que se fue detrás de ti y se llevó con ella al abuelo. Llevo dos días mustia pensando en vosotros, Rodrigo. En fechas señaladas no me conformo. Me sigue sucediendo, no voy a dejar de enfadarme cada vez, está claro.
Mañana despedimos a otra madre, la de vuestro amigo JC, que se os ha unido hoy, qué esperanzadora coincidencia. Ay, hijo, me asalta la melancolía. No sé cómo, pero resisto. Supongo que tú me envías mucha fuerza.
Te quiero.

Anda nevando, en abril y en primavera, todo lo que no ha llovido o nevado este invierno. Ha vuelto el frío, dicen las previsiones meteorológicas, pero yo no lo sé de primera mano porque estoy metida en casa con un resfriado importante.
Buenos días, cariño. Te saludo tempranísimo, cuando tengo que tomarme la siguiente dosis de antibióticos y me duele a muerte la espalda de tanta tos y estar tumbada. Creo que al menos ha bajado la fiebre.
Te escribo tecleando en el móvil. Miro todas las fotos tuyas que nos acompañan y te envío abrazos de oso. He perdido el sentido del tiempo, parece que llevo siglos aquí enclaustrada, pero hoy es sábado y te escribo, Rodrigo. Como cada semana.
No estoy lúcida para mucho más. Te quiero, hijo. Ya me cuido, y papá está pendiente de todo, vuela tú muy alto y no dejes de soñar.