Once de febrero

  

A solo un mes del décimo quinto aniversario. Con exámenes, reuniones, tu libro y mis últimas jornadas laborales, me muevo otra vez entre el estrés y la estupefacción.

Nuestros onces son ya demasiados. Pero yo siempre te espero, Rodrigo.

Entre unas cosas y otras

Entre unas cosas y otras (especialmente exámenes) no te he escrito esta mañana de sábado. Así que, ahora, después de comer, he subido a mi pc a ponerte estas letras.

Yo pensaba terminar mi carrera laboral de la misma manera discreta que he vivido todos estos años, pero tu libro me está sacando del anonimato. Todo el instituto ha sido invitado a la presentación del Centro de Poesía, por lo que me empiezan a preguntar mis alumnos de otros años. Los mayores de este curso ya lo saben de sobra, pero a los peques, de doce o trece, no les he dicho nada y tal vez debiera. No sé. Lo pensaré y haré la próxima semana.

Han llegado unos ejemplares de la editorial y tú fuiste el primero en recibir un libro. Te lo dejé sobre la almohada, tu lugar favorito. Papá se emocionó al verlo.

Allí, como si estuvieras. No puedo olvidar cuánto te gustaba leer, ay, Rodrigo. Ojalá puedas echarle un vistazo a cómo ha quedado la impresión, porque lo que es el texto, lo conoces desde que te escribo. Desde que se te llevaron lejos de nosotros.

No te olvido, hijo. Hago todo esto por ti. Mándame tú ánimo y esperanza para seguir adelante.

Te quiero.

Una fría noche de sábado

Ayer fuimos de nuevo a un concierto de tu hermano. Soplaba un aire gélido, nos perdimos un par de veces y no solemos trasnochar, pero disfrutamos de la velada rockandrolera. Hasta tuvimos suerte y aparcamos muy cerca.

Solo faltabas tú, hijo. Siempre se nota tu ausencia. A veces, también, y anoche sucedió así, sentimos alguna señal tuya. Suele ser muy sutiles y no las sé explicar, pero animan mi pobre corazón. Y te las agradezco mucho, Rodrigo.

Luego, con el paso de las horas, se difumina la sorpresa y me saben a poco. Porque yo lo que quiero es abrazarte, y que me cuentes, y seguir tus pasos, como cualquier otra madre. Y esto, tan sencillo, se me ha negado. ¿Por qué? Es injusto, injusto e inhumano.

Qué duro es esto de vivir sin ti.

Tu mundo y el mío

Durante años atesoré varias imágenes de puentes rodeados de nieblas, símbolos del leve nexo entre nuestros mundos. Durante años tuve atisbos de lo que podía haber en tu lado, y permanecí en el borde del mío, todo lo cerca que pude, por si te sentía, Rodrigo, hijito muy amado, llorado y perdido.

Ahora ha pasado demasiado tiempo para permanecer en el pretil, para andarte buscando de forma tan extrema. Ahora ni tú ni yo estamos en las proximidades del puente, en eso consiste volver a vivir, y por eso las distancias se han multiplicado y te siento lejos.

Me duele saberte lejísimos, no tener ni una pista de ti durante días, meses, tal vez pronto también años. Espero, con miedo, con intranquilidad, que estés bien. Deseo que vivas una nueva existencia, ocupado quizás en asuntos inconcebibles para mi pobre mente, pero vivo, pronto a recuperar nuestra conexión emocional, tú mismo, alegre, listo, divertido y feliz.

Esta madrugada se ha producido el rescate fatídico, tras doce días atrapado en un pozo estrechísimo de perforación, de Julen, el pequeñín de dos años que se le escurrió a su padre entre los dedos cuando iban de paseo. Qué horrenda experiencia, qué angustia, sensación de culpa injusta, pero latente, de irrealidad, de estupefacción.

Y aunque la lógica decía que ese iba a ser el desenlace, leerlo recién levantada, entre las nieblas del sueño, me ha llevado a las de tu puente. Y ha regresado con la noticia el dolor de haberte perdido, siempre ahí, latente, dispuesto a volver, a estrujar hasta las lágrimas a un corazón que parecía ya endurecido y hecho a cualquier adversidad.

Por eso me he acercado otra vez a nuestro límite y te llamo, y te ruego un abrazo. Imagino que hace ya algún tiempo que Julen va de la mano de alguno de sus familiares en ese universo vuestro que os acoge. Lloro el llanto de su padres con el nuestro, que revive, lloro, sigo llorando.

Ay, Rodrigo, desde ese mundo tuyo tan ignoto, haznos señas, por favor, no nos olvides. Porque nosotros te recordamos en cada momento especial y siempre, siempre, siempre, te queremos.

Frío y vida corriente


Otra vez es sábado y te escribo, Rodrigo, tecleando en la oscura madrugada. Las cosas prosiguen de la forma habitual, al menos en apariencia, porque hay dos situaciones especiales que no se volverán a repetir, que estoy en mis últimos meses laborales y que se publica tu libro.

Procuro vivir el presente sin dejarme agobiar por ese peso doble. En un mes, el día 20 de febrero, empiezan las presentaciones. Espero saber llevarlas con serenidad y discreción.

Pero lo importante es que tú sigues en nuestros corazones y que cada día, hijo, te echo, te echamos, de menos. Da igual que la vida muestre facetas nuevas o cotidianas, tú eres nuestra ausencia permanente. Y te pensamos, llamamos y añoramos en cada circunstancia vital.

Te queremos, Rodrigo. Y te mandamos todos los abrazos que se nos quedaron pendientes.

Nuestros onces


Catorce años y diez meses, ese es el tiempo de tu ausencia. Es invierno, hace un frío acre, nos invade una ola polar climática y, lamentablemente, también ciudadana, pero resistimos.

La consciencia única del presente rodea lo vivido de inconsistencias y niebla. Te me deshaces entre los dedos de la realidad, Rodrigo, pero aún así te quiero, te llamo, te añoro, te busco, te recuerdo y te envío todo mi amor.

Nunca te olvido, hijo. Vuela alto, guía nuestra vida en tu dirección, millones de besos, volveremos a abrazarnos y a ser cuatro. Desde este lugar extraño desde que no lo habitas tú, te pensamos con todas nuestras fuerzas.

2019

Trescientos sesenta y cinco días por delante, ese es el espejismo del año nuevo, un tiempo nuevecito y a estrenar. Pero lo cierto es que solo tenemos el presente, el minuto del ahora. Y en él te escribo, te recuerdo, te llamo y te quiero muchísimo, Rodrigo.

Este nuevo sábado del año recién estrenado sigo tecleando en tu bitácora unas pocas líneas de cariño cotidiano: todo lo que debería haber sido nuestra vida corriente y nos fue arrebatado.

Echo tanto de menos estos casi quince años de vivencias compartidas, que he tenido que crearlas yo en este mundo virtual y soñarte conmigo en él. Por eso espero, contra toda esperanza, que andes por aquí, entre mis palabras. Y a veces hasta siento tu risa de estrellas.

Último sábado de 2018

A tres meses de un nuevo once de marzo, con la publicación de tu libro en breve y un poco más serena, te dedico estas líneas, hijo.

Estamos a mitad de camino de las fechas navideñas, y vamos de compromiso en compromiso, resolviendo también gestiones pendientes. Como una en nuestro ayuntamiento, donde tuvimos que pedir un documento que te involucraba. Un trago amargo con un funcionario amable que se resolvió rápidamente. Y en el que, qué curioso, qué bonito, qué señal tuya, la máquina de repartir turnos nos adjudicó el 11. Todavía tengo el papelito en el bolso. Como para convencerme de que no fue una ilusión.

Esta tarde es la fiesta infantil de la Aso. Ayer ayudamos con los preparativos y hoy participamos por primera vez en su desarrollo.

Como ves, seguimos, Rodrigo. Continuamos avanzando contigo en el corazón. Tú vuela alto, pero por muy lejos que estés, podrás mirarnos un momentito, ¿no?, a estos pobres padres tuyos cansados,¿eh?, con tu ternura de siempre, ¿verdad?

No te olvidamos, vamos a buscarte, te queremos.

Fiestas y niebla

Entre la Nochebuena y la Navidad, entre la monotonía de lo que hacemos cada año y un estupor nuevo que nos desubica, ha pasado una noche y aún no amanece.

Nos acostamos más tarde que nunca. Cenamos como siempre. Y seguís faltando a nuestra cita, Rodrigo. Ahí están vuestras sillas vacías. Siempre vacías.

Dentro de unas horas haremos la comida navideña, en esta casa antes rumorosa y ahora callada y solitaria. Nos reuniremos solo un puñado de los que una vez fuimos.

Aquí seguimos, cariño. Echándote de menos, en camino hacia ti, no dejes de venir. O, al menos, dedícanos una mirada desde tu mundo lejano.

Te queremos.

La mañana de la lotería

El soniquete de «cincuenta mil pesetas» de mi infancia vuelve a mi memoria mientras te escribo, hijo. Ahora creo que dicen «mil euros» los niños y niñas de San Ildefonso, no estoy segura porque ya no los escucho.

Quince navidades sin tu compañía, Rodrigo. Cuantísimo. Estos días que hago cuentas de mi vida laboral y llego a los treinta y ocho cursos, corroboro que es casi el cuarenta por ciento sin ti.

Te echo de menos. Añoro tu compañía y las mil complicidades que nos robaron aquellos estúpidos canallas fanatizados.

En las fechas navideñas vuelven siempre la nostalgia y las lágrimas. ¿Puedes acercarte tú a darnos un abrazo dulce y de oso de los tuyos? Te queremos, Rodrigo, vuela alto. Te esperamos en el mundo intermedio de los sueños.